miércoles, 11 de enero de 2012

La merienda

Tengo una hija de cuatro años, aunque ella hubiera preferido quedarse en tres. Lo dice con nostalgia, como cuando se habla de algo que se ha perdido para siempre. Dice dinosaurio y luego define extinto como algo que ya no existe. Y repite “extinto” con su vocecita delgada y reafirma con su dedo. Su dedito de niña que dibuja emes en el aire antes de escribirlas en el papel. Dice que le gusta la eme de mamá porque el mar también tiene eme y eso es bueno. Mar mamá. Y  luego ella, mi hija, se pierde en su bosque encantando y cabalga unicornios para llegar a tiempo a comprar pasteles de plastilina pero no es plastilina, me dice. La plastilina es tóxica. Y define to-xi-ca como algo que te enferma. Mi hija me ha enseñado a no creer en los fantasmas. Sólo existen en la imaginación y la imaginación está en un lugar muy adentro de las cabezas. Tampoco existen las hadas, me dice. Prefiere la historia de la virgen de Guadalupe que le contó su tía Mariana y yo le digo que está bien pero que respete mi decisión de creer en las hadas y ella me palmea con su manita en el hombro y me dice que no. Supongo que son expresiones de intolerancia religiosa. A mí me hubiera gustado que mejor creyera en las hadas, pero con los hijos nunca se sabe. Mi hija come uvas. Uvas que le pasan por la garganta hasta los dedos de los pies y yo prendo el microondas para calentar un poco de leche o brebaje mágico de luna para no soñar pesadillas que es casi lo mismo.
Mi hija triunfará en la vida será especialista en neurología o taxista o tal vez –si las hadas quieren- será poeta. Pienso mientras veo girar la tacita blanca sobre el platón transparente. Vivirá muchos años como en los cuentos de hadas y pasará a la historia como la niña que nunca tuvo miedo a los pasillos obscuros y que nunca intentó atravesar una calle sin darle la mano a su mamá. Faltan 3 segundos para que el brebaje esté listo. Mi hija no puede despegar los puntos de las ies. El microondas anuncia que es hora de ir a la cama.

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